| Viaje de nuestro Capitán
desde Buenos Aires a un lugar incierto de la República
Oriental del Uruguay en Enero de 2003. Volví
sano y salvo gracias a la fortaleza del Embustero, y
con ganas de hacerle juicio al servicio meteorologico
nacional.
Zarpamos el viernes a las doce de la noche gracias
a la burocracia: no había plásticos para
los carné, y mi provisorio estaba vencido, así
que estuve desde las 18 horas hasta las 24 luchando
contra la prefectura argentina y su burocracia. Bueno,
el servicio meteorológico daba vientos leves:
Mentira: una sudestada que no nos dio un segundo de
respiro en toda la noche hasta las nueve de la mañana
en que llegamos, no a Colonia donde queríamos,
sino a Barra de San Juan que es donde nos llevó
el viento. Olas de 3 metros nos barrieron la cubierta
y nos llenaron el velero de agua: Se nos arruinaron
las cartas náuticas, tuvimos que guardar el navegador
satelital por el agua, y el compás (brújula)
que esta bien lejos, no se veía ya que no funcionaba
la luz, todo a estrellas (que parecían estrellas
fugaces por el movimiento). Cuatro locos en un barco,
a merced del viento y las olas, como cascarita de nuez,
achicando velas según aumentaba el viento, y
varando en el banco del globo, tocando fondo como un
martillo, ya que las olas eran terribles y hacía
muchísimo frío. Tres marineros descompuestos,
acostados uno sobre otro, con chichones en la cabeza,
luchando por entrar al baño uno tras otro, la
cosa es que el viento nos llevo a un lugar donde no
hay nada, solo un río. Es un lugar paradisíaco,
pero no había alimentos suficientes para el fin
de semana, así que una vez terminados los víveres
tuvimos que pescar para comer... Y desembarcar en la
playa, refugiándonos en una casa abandonada (utilizada
por cazadores furtivos) para poder asar los peces y
alimentarnos. Dejamos el barco en la orilla, ya que
con la tormenta habíamos perdido el ancla mas
grande, y con gran sorpresa, por la noche, con la bajante,
quedamos acostados sobre la tierra. Pusimos todo el
peso de un lado para tratar de sacar al Embustero de
la varadura. Pero no alcanzó. Así que,
dos al agua, a empujar mientras uno estaba colgado de
la botavara (ese palo que sostiene la vela mayor en
su parte inferior) fuera del barco a un costado, con
medio cuerpo en el agua y tomado de la botavara como
un mono. Al final lo sacamos, lo llevamos al medio del
río, y lo amarramos con un cabo enorme a la costa
para que no nos lleve la corriente.
La vuelta fue linda: la lluvia torrencial, no paró
un segundo. Rayos por todo el horizonte y arriba de
nosotros, también. Por suerte el viento a favor,
con dos rizos y un tormentín, volvimos a nuestro
querido Buenos Aires, con algunos kilos de menos y con
otra aventura para contar a nuestros nietos, ya que
nuestros hijos ya saben que estamos locos y no se sorprenden
por nada.
Bueno, la luna llena del viernes fue como un láser
en movimiento en el cielo, no muy romántico que
digamos por el estado de la tripulación. Pero
el sábado la pudimos disfrutar de lleno desde
el velero ya quieto, entre el humo del pescado asado
y las balas de los cazadores furtivos.
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Viaje
de Juank (Nuestro Capitán) a Merlo, Pcia. de
San Luis
Marcelo es un tipo raro, mezcla extraña de sabio
y pelotudo, sin saber nunca en que momento se encuentra,
ya que la ciclotimia lo pasea de uno a otro, pero entre
sus características mas notables es que vuela
en parapente, y además y por sobre todas las
cosas es vecino de mi hermana en Merlo (San Luis otro
país), Merlo se jacta de ser el tercer microclima
del mundo, con humedad baja, poco calor y vientos fijos
constantes hacia la sierra, lo que lo convierte en un
paraíso para los parapentistas, bueno este hombre
alto, delgado, de pelo rubio largo y escaso, y siempre
con anteojos para sol, aunque sean las 11 de la noche,
fue el que contacté para hacer mi vuelo de bautismo.
Fue un día Sábado, me dijo que tenía
vuelos programados y que recién podíamos
volar el Martes a la mañana, mi paciencia es
escasa, pero decidí esperarlo, intentando hacerle
preguntas sobre los comandos del parapente que eran
respondidas por una sonrisa entre sabia y pelotuda.
El lunes a la noche me desperté cada media hora,
esperando el pitido del despertador, salí de
la casa tempranísimo, me quede observando las
nubes y el viento, y sorprendiéndome de ver al
tercer microclima del mundo con calor, humedad y vientos
violentos en contra.
Salimos hacia la sierra (2500 metros de altura SNM)
desde la base de la sierra (1000 metros SNM) que si
mi matemática no falla, seria una caída
en vertical de 1500 metros, justo justo para dejar dos
manchones rojos en el hermoso paisaje de Merlo.
Me pidió paciencia agua y sanguchitos, llevé
todo eso, mas la esperanza de volar, nos montamos en
un Viejo Ford Falcon que creo que fue la aventura más
grande de mi vida, cada 3 km teníamos que agregarle
agua al radiador, después de cada curva cuesta
arriba, había que bajarse, poner una piedra en
la rueda, tirarse abajo del falcon y destrabar la selectora
de la caja que quedaba engranada en tercera, el freno
de mano no existía y la manija para abrir el
capot era simplemente un cable deshilachado que había
que tirar con una pinza preparada para tal efecto.
Luego de una hora de viaje para hacer 10 Km llegamos
a la cima de la sierra, entusiasmados los dos que volaríamos
entre los halcones, (Una maestra de buenos aires y yo),
estuvimos esperando mas de una hora hasta que Marcelo
pudiese hilar las primeras palabras (Viento en contra),
dos horas mas de espera bailando la danza de los vientos,
y la Maestra besando una medallita e implorando por
el cambio de viento a cambio de toda una vida de servicios
a la virgen, pero nada, ni la virgen ni la danza ni
el microclima pudieron con el viento, así que
nuevamente a bajar la sierra, y tratar de escuchar la
segunda frase de Marcelo que simplemente eran anécdotas
de todos los que se mataron en parapente, y nosotros
calladitos atrás, esperando poder bajar del auto,
ya que solo funcionaban las manijas de afuera para abrir
las puertas.
Esa misma noche se esperaba una tormenta, así
que a las doce de la noche, subimos a la sierra con
mi hermana y mi cuñado, con sendas reposeras,
y botellas de cerveza a mirar el cielo nocturno de Merlo,
rayos por aquí truenos por allí, dos frentes
de tormenta bien definidos, y nosotros jugando a que
gane el frente del Oeste, como para poder volar al otro
día.
Bueno esta vez Eolo nos dio las mejores credenciales,
nos regaló un viento Oeste hermoso, un cielo
despejado y un día espectacular, mi impaciencia
hizo que lo despertara a Marcelo una hora antes de lo
previsto, como para aprovechar el momento. La maestra
tuvo que volver a Buenos Aires la noche anterior, así
que quede solito.
Ayudé a cargar todos los petates en el viejo
falcon, y marchamos a la sierra, después de las
paradas obligatorias para destrabar la caja y cargar
agua, llegamos a la cima, bajamos los parapentes, y
recorrimos unos 500 metros de camino en precipicio para
llegar al lugar de los despegues, todo estaba a pedir
de boca, mi corazón ya vibraba con el viento,
y me concentre como para poder disfrutar el vuelo, esperando
la segunda frase de Marcelo (La primera fue Buen Día),
y justamente la segunda frase no fue tan célebre
como para entrar en la historia simplemente fue: ¡Donde
está el papel higiénico!, lamentablemente
estaba en el falcon, a 500 metros de camino de cornisa,
una espera fatal, el destino me había jugado
una mala pasada entre las curvas intestinales de Marcelo,
pero bueno, me quedé sentadito y esperando más
de media hora, que se me hicieron cuatro o cinco por
la expectativa.
Lo veo volver de la sierra, con su tarea cumplida,
yo ya había acomodado todo en el sitio de despegue,
Marcelo se sentó miro el cielo, miró las
sierras le pregunté si estaba todo bien, y a
la media hora contestó es el viento que necesitamos,
pero ahora sopla muy fuerte.
Me quedé esperando y contemplando imitando a
Marcelo, y mi mente ya lo rotulaba más como un
pelotudo atómico que como un sabio.
Con el anemómetro en mano le suplique que armáramos
todo ya que si la ráfaga bajaba hasta 24 Km por
hora, podíamos despegar, y casi constantemente
soplaba a 35 Km por hora, pero por momentos la ráfaga
bajaba la intensidad, así que gracias a la divina
providencia me hizo caso, me puso las rodilleras, el
casco, una mochila llena de sogas, y me dio la primera
indicación sobre el vuelo (cuando yo diga corré
vos corrés, aunque tengas los pies en el aire)
Ok le dije, como yo quedaba debajo de el, yo tenia que
correr y luego tenía que aterrizar, pequeño
detalle, le conté que tenia una fractura de peroné
justamente por tirarme en paracaídas y caer con
un cambio de viento, y por respuesta obtuve otra vez
vos corré, bien bien yo corro conteste, solo
decime cuando.
Se puso a desplegar el parapente sobre un claro en
la sierra, con dos precipicios abajo, uno a unos 20
metros, y otro mucho más abajo. El primer intento
de inflarlo fue fallido, en lugar de desplegarse al
viento cual bandera desplegada en la cima luego de una
batalla, se hizo un manojo de cuerdas y tela enroscadas
cual repollo flameando al viento.
Caminando los dos atados uno al otro, pudimos desenredarlo
y volvimos al punto de partida, el viento bajó
de intensidad, era el momento justo, pego un tirón
fuerte y esta vez si se infló quedó sobre
nuestras cabezas y yo esperando la señal, sintiendo
tirones hacia todos lados, me gritó correeeeeéé
y mis pies no daban abasto, nos elevamos como de un
tirón del cielo, flotamos un instante, y luego
la ráfaga disminuyó a niveles alarmantes,
tanto es así que caímos al primer precipicio
donde nos esperaba una roca enorme, me dijo vamos a
tocar la roca, le pregunté si la podía
pisar, me dijo que no, que iba a intentar esquivarla,
bueno, ese intento dejó un petroglifo en la roca,
con nuestros dos pompis marcados que nuestras futuras
generaciones tratarán de dilucidar, pensaran
que esas dos líneas son de la verdad y la sabiduría
otros dirán que representan la paciencia y la
virtud, pero no, desgraciadamente son los culos en bajorrelieve
de Marcelo y Juank.
Luego del duro golpe, y aprovechando todas las leyes
físicas existentes, planeamos sobre el segundo
precipicio, flotando y con bastante estabilidad.
El paisaje era maravilloso, todo el camino hacia la
sierra bajo nuestro, éramos parte del viento,
y flotábamos perfectamente en el aire, comenzamos
a sentir las corrientes ascendentes y descendentes,
impresionante! Unas nos tiraban hacia arriba como un
globo, y otras nos hacían temblar y descender
rápidamente como cayendo, le pedí los
comandos, y con gran sorpresa me los cedió, me
explicó en un minuto todo lo que no me había
explicado en 5 días, me enseñó
a girar a frenar, a acelerar, todo en un minuto, y me
dejó al mando, después de varios giros
para ver como funcionaba, me animé y comencé
a seguir el serpenteante camino que bajaba la sierra,
como si el parapente fuese una parte mas de mi cuerpo
que me permitía volar y flotar, tuve varias corrientes
ascendentes que me ayudaron a ganar altura, llegamos
a estar más alto que el punto de despegue, otras
descendentes nos aceleraban y tenía que frenar,
tirando de los dos comandos al mismo tiempo, hasta quedar
suspendidos en el aire como una cometa. Maravilloso,
es un valle con halcones, y los veíamos volar
sobre la sierra, sentía el viento en la cara,
y no se como explicarles mi felicidad en ese momento,
era libre era adrenalina pura, era una inexplicable
sensación de bienestar.
Desde el cielo veía el lugar de aterrizaje,
un claro en medio de un bosque de espinillos y piedras,
nos fuimos acercando lentamente, viendo a toda la familia
correr en fila india, saltando alambrados de púas
para llegar al punto de aterrizaje, con la cámara
de video en la mano, como veíamos que no llegaban
a tiempo, Marcelo tomó los comandos e intentó
dar vueltas en círculos, como para ganar tiempo,
yo vi que no llegábamos a tiempo y le dije que
no se preocupara por la filmación, que prefería
llegar vivo a tener mi muerte bien enfocada.
Los árboles se acercaban a nosotros al grito
de Marcelo: ¡No llegamos! Ya me veía colgado
de un espinillo, sacándonos las espinas uno al
otro, o como dos manchitas rojas en una roca, hasta
que una corriente nos elevó nuevamente y pasamos
los árboles, ya muy de cerca, pasando la ultima
alambrada que daba al campo de aterrizaje, de lejos
se veía lindo, claro, llano, pero de cerca, veíamos
piedras por todos lados, yo no esperé la orden
de correr y mis piernas se movían en el aire
como en los dibujitos animados, dos metros antes de
tocar el piso ya estaba corriendo.
El toque a tierra fue el toque de genialidad de Marcelo,
tres pasos y ya nos habíamos detenido, desinflamos
el parapente y mi emoción no entraba en mi pecho,
llegaron los familiares con la lengua afuera y la cámara
en mano, justo para filmar el abrazo que nos dimos con
Marcelo, que allí si dio su primera frase justa
y célebre, para los libros de historia ¡Bienvenido
al Aire! Y nos unimos en un fuerte abrazo.
Bueno se me hizo demasiado larga la historia, sepan
uds disculpar, y espero que disfruten de este mal relato
por lo menos el 1% de lo que yo disfruté ese
vuelo, con eso ya me doy por satisfecho.
Los quiero muchooooooooooo
Juank
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